R100 Matsumoto vuelve a lo grande

Hacía ya unos años que no teníamos noticias de Hitoshi Matsumoto, y la verdad es que tiene una filmografía bastante reducida, pero siempre ha sabido como sorprendernos, y sigue siendo el caso en R100 su última película, estrenada el pasado año y con la misma dosis de humor psicodélico que lo caracteriza, con esas idas de olla que tienen algunos japoneses y que nos vuelven locos, incluso con un tema que va mucho más allá de lo que había ido nunca: el sado-masoquismo, algo tabú para la cultura nipona y que aquí se atreve, no sólo a proyectar, sino que también se burla de ello y lo lleva a extremos inimaginables.

R100
Una buena dosis de tortura

Como en todas las películas de este director, nos resulta muy difícil resumir su argumento e incluso intentar contar de qué trata, pero vamos a intentarlo. El protagonista es un salaryman con un hijo, una mujer en coma en el hospital y ningún incentivo en la vida, hasta que entra en una asociación llamada Bondage, dónde contrata un servicio de mujeres sádicas para que lo sorprendan en algunos momentos de su vida cotidiana y le torture, así podrá olvidarse de la rutina. Cada vez que tiene un ataque, llega a un nivel de placer infinito (lo que él llama Euphoria) provocado por el dolor físico y la humillación; pero éstos cada vez son más frecuentes y se van metiendo en su vida privada: su mujer, su trabajo e incluso con su hijo. Cuando ya está harto y quiere pararlo sin conseguirlo, en un accidente, muere una de las mujeres y la organización lo persigue a él pensando que ha sido intencionado, le declara la guerra e intentarán matarlo.

Al principio de la película, podemos quedarnos un poco parados, sobretodo al ver una historia que más bien parece de drama que de comedia, aunque con algunos momentos en los que no sabemos si el director está de coña o es una simple oda al sado-masoquismo, con un protagonista muy parado y triste, que sólo quiere alegrarse un poco la vida, por el que hasta llegamos a sentir algo de pena cuando sabemos todo lo que le afecta y vemos como le pegan de tal manera; pero casia  mitad de película nos encontramos con algunas escenas más psicodélicas que incomprensibles, con expresiones o escenas en las que no tenemos ni idea de lo que está sucediendo, incluso con un poco de meta ficción al ver a los responsables de la película que hasta ellos mismos se preguntan qué están haciendo y si eso sirve para algo. Pero es ya un poco más adelante, cuando vemos algunas chicas con poderes especiales de lo más insólitos (la que imita las voces, la de los escupitajos y lo más de lo más, la Gobbling), cuando se nos presenta una parte de la película en modo documental y sobretodo cuando la organización Bondage se transforma en una auténtica gran corporación social: una piscina para que las chicas disfruten, un gerente que se encarga de todo e incluso un CEO mandamás (casi lo más bestia de la película); es entonces cuando vemos que la película es otra de esas comedias tan delirantes como el resto de las que ha dirigido  Matsumoto.

R100
Las dominatrix de cuero

Así que al final tenemos algo de lo más surrealista, no sólo con un argumento totalmente fuera de sitio, sino con escenas de diversión máxima, mucha acción y algunos toques que nos dejan con la boca abierta (como las chicas siempre vestidas de cuero vayan dónde vayan, el tipo del gobierno que quiere acabar con ellas o las reacciones del resto de gente cuando ven lo que sucede).

Todo ello filmado con un gran acierto, con una fotografía muy peculiar, usando siempre los mismos tonos de color, una música excelente, tanto cuando usa música clásica para grandes momentos, como cuando inserta algo más divertido para las coñas y un guión casi inexistente, pero que sabe llegar a dónde quiere para acabar con un auténtico final WTF que nadi se podía esperar.

Para hablaros de Hitoshi Matsumoto, sólo que os digamos que es el director de cosas como Big Man Japan, Symbol o Saya samurai, ya tenemos suficiente; uno de esos japoneses que nadie sabe si está completamente loco o es un genio del cine, pero con el que es imposible quedarse impasible; que protagonizó sus primeras películas y que aquí se ha guardado un pequeño papel como policía. En esta ocasión, el papel protagonista se lo ha dado a Nao Ohmori (Ichi the killer) que lo borda como salaryman amargado, sin dejar sus escenas de acción.

En definitiva, otra obra maestra del humor psicodélico de Hitoshi Matsumoto, que se atreve con un tema tabú y con una trama que no para de crecer gradualmente desde el drama hasta convertirse en lo más delirante que nos podamos imaginar como si tuviera vida propia.

  • Lo mejor de la película:

Toda ella, de principio a fin, no tiene desperdicio.

  • Lo peor de la película:

No saber apreciar este tipo de humor tan japonés.

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